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-Que nadie abandone el tablero de juego -ordenó el inspector-. El Dr. Lemon ha vuelto a ser asesinado. Y ya van tres veces esta semana. ¿Es que no se cansarán ustedes nunca de esta historia?

Un murmullo de fastidio se extendió entre los habitantes de la mansión. Antes de que el inspector pronunciara el consabido "Reúnanse conmigo en el salón. Tengo que proceder con los interrogatorios. En estos momentos todos ustedes son sospechosos de asesinato", las figuritas habían empezado ya a desfilar como autómatas hacia el lugar de reunión.

Abrió la marcha el Dr. Mandarino, que se acomodó en su habitual rincón junto a la chimenea, cogió un periódico atrasado del revistero y se dispuso a hojearlo sin demasiado interés. Tras él llegó el MARQUÉS DE MARINA, avanzando con ayuda de su bastón de anticuario y, como siempre, refunfuñando:

-¿Otra vez interrogatorios? ¡Esto es un ultraje! A mí no me pueden tratar así, soy un caballero con título nobiliario. Ya no respetan ni las canas...

Siguiendo su acostumbrado ritual, el Sr. Pizarro fue directo al mueble-bar a servirse un whisky. La SRTA. AMAPOLA le acompañó una vez más: atrás quedaban los días en que aceptaba esa copita sólo para calmar los nervios. Llevaban tanto tiempo viviendo aquella misma escena que ya no la necesitaba; ahora la tomaba por puro placer.

De la cocina surgió la SRA. PRADO con un trapo entre las manos. "¿Qué son esos gritos?", preguntó asustada. Pero al verlos a todos reunidos su rostro cambió al instante. "No me digan que ha vuelto a suceder", resopló con desdén. Asintieron los demás a una, y entonces la cocinera puso el grito en el cielo. Maldijo la hora que había elegido el señor para morirse esa vez, aludiendo a cierto asado que tenía en el horno y se iba a echar a perder.

La última en aparecer fue la PROFESORA RUBIO, la anfitriona, que se dejó caer en el sofá con gesto cansino:

-Inspector, proceda. Puede saltarse los preliminares, nos los sabemos de memoria. Permítanme ustedes que me ahorre el numerito de viuda afligida: de tanto llorar me están saliendo arrugas... Además, tampoco le quería tanto. Y después de verle morir tantas veces ya no me impresiona la noticia.

Los demás personajes estuvieron de acuerdo en saltarse el guión. A todos les aburría ya aquella pantomima día tras día tras día. Así que decidieron relajarse y ser naturales, al menos durante aquella velada.

La Srta. Amapola lanzó un largo suspiro y se descalzó rápidamente. "Menos mal, estos malditos zapatos me estaban matando", confesó aliviada. Y mientras lo decía se agachó para masajearse el pie, momento que aprovechó el DR. MANDARINO para echar una ojeada a su tremendo escote. Ella le descubrió, lo que turbó al doctor; aunque la joven simplemente sonrió picarona y le guiñó un ojo.

Con la venia del ambiente distendido, el SR. PIZARRO se acercó al Marqués de Marina y le pidió un cigarrillo. Cuando el marqués le aclaró con tono grave que él sólo fumaba en pipa, el hombrecillo le preguntó sin reparo alguno si podía dejarle 50 euros, que andaba mal de dinero. Interpretó la mirada encendida del marqués como un no rotundo y se alejó sin insistir.

Fue entonces cuando el INSPECTOR planteó el tema:

-Amigos, estoy tan cansado de este juego como ustedes. Les propongo un cambio. ¿Qué les parece si esta noche olvidamos el sobre con las tres cartas escondidas y echamos a suertes quién ha sido el asesino? El que salga elegido que se invente su propia historia; que él mismo escoja su arma y el lugar del crimen. Resolvemos el misterio cuanto antes y a otra cosa.

Los seis personajes se miraron entre sí con sorpresa, aunque tras unos segundos de incertidumbre todos coincidieron en que el inspector había tenido una idea brillante. Acordaron que esa vez el dado decidiría quién había matado al Dr. Lemon. Cada uno tendría su opción:

uno,
dos,
tres,
cuatro,
cinco
y seis.

El azar haría el resto.

Así sucedió. El inspector lanzó el dado y los demás siguieron impacientes su recorrido hasta que se detuvo mostrando un número. Quienquiera que fuese el elegido por el dado expuso entonces su versión del crimen, que los demás aplaudieron por coherente y bien interpretada.

-Bueno, pues caso resuelto -dijo el inspector, dando el tema por zanjado-. ¿Han visto ustedes qué sencillo? Y aún tenemos toda la noche por delante para hacer lo que queramos. ¿Les apetece que juguemos una partidita de mus?



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