Ir a mondorino.
 
     
 
 
Siete películas como protagonista, millones de fans en todo el mundo y para el Dr. Lemon seguía siendo una niña de provincias con ansias de triunfar en la gran pantalla. Aquello sacaba de quicio a la Srta. Amapola. Con lo que le había costado construirse una imagen -atractiva, sofisticada, misteriosa- que hiciera de ella una de las actrices con más glamour del momento, como para que el viejo se empeñara en echar por tierra su trabajo.

Reconocía que le debía mucho: si Lemon no la hubiera apadrinado, si no la hubiese presentado en sociedad, no se habría introducido en el mundo del cine. Pero le había pagado con creces el favor durante años, y lo que al principio era agradecimiento y hasta cariño se había convertido en una carga molesta y perjudicial para su carrera.

La gota que colmó el vaso fue la última partida de Trivial, en el nido de amor alquilado en secreto por el Dr. Lemon. El viejo se jugaba el quesito de Espectáculos; Amapola formuló la cuestión y él acertó la respuesta, por supuesto. Se la sabían ambos de memoria. Tanto habían jugado al Trivial entre aquellas sábanas que ninguna pregunta les era ya desconocida. "Tendrían que hacer una nueva edición del juego, ésta se ha quedado anticuada", se quejó ella, aburrida. Luego sonrió, perdida en sus pensamientos, y soñó en voz alta: "Algún día yo también seré una respuesta en el Trivial". Entonces el Dr. Lemon rompió en carcajadas. Se acabó, pensó ella. De hoy no pasa: le dejo sin contemplaciones.
  srta Amapola