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A simple vista no era más que un tipo despistado, bonachón y dotado de una timidez que le obligaba a balbucear en situaciones de tensión. Pero en realidad el Dr. Mandarino era toda una eminencia en historia de siglos pasados, un tipo extremadamente inteligente y respetado por la comunidad universitaria.

En su fuero interno, y era un dato que sólo los más íntimos conocían, Mandarino soñaba con aventuras al más puro estilo Indiana Jones. Pero como era consciente de que esas andanzas estaban reservadas para los artistas de cine o los investigadores con coraje, se conformaba con buscar misterios en tratados antiguos y echar tranquilas partidas de juegos de mesa. Fue así como descubrió la legendaria relación entre el juego de la oca -su favorito- y el Temple. Y fue así como entró en su vida el Dr. Lemon.

Con él solía jugar cuando iba a visitarle a su mansión. Entre oca y oca, el Dr. Mandarino introdujo a su colega en su gran sueño: organizar una expedición al camino de Santiago en busca de los tesoros escondidos de los Templarios. Y lo engrescó de tal forma que el Dr. Lemon se ofreció a financiar la investigación.

Durante meses, Mandarino planeó su expedición al milímetro. Hasta que un día Lemon le comunicó sin previo aviso que había cambiado de opinión: sentía una repentina pasión por las plantas y prefería financiar una expedición a tierras tropicales para encontrar una rara especie de orquídea. La aventura del Dr. Mandarino terminó antes de empezar.
  dr Mandarino