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Si algo molestaba al Marqués de Marina era la falta de seriedad. Él respetaba siempre las normas de la caballerosidad y exigía lo propio de los demás. Con su viejo amigo, el Dr. Lemon, tenía sus más y sus menos: ambos eran aficionados a la historia pero mantenían diferencias políticas irreconciliables. Sin embargo, el marqués reconocía que Lemon era un gran hombre y sentía aprecio por él.

Claro que nadie es perfecto, y el Dr. Lemon no iba a ser menos. Tenía la irritante manía de provocar al marqués intentando llevarle a discusiones políticas; provocaciones que el marqués ignoraba para evitar enzarzarse en una terrible disputa que les podía hacer perder la compostura. Lo que sí aceptaba de buen grado era jugar al Risk con su amigo, porque eso le permitía compartir su afición con él de una manera distendida.

Pero un día el Dr. Lemon rebasó los límites de la buena educación. El Marqués de Marina estaba a un paso de conquistar el mundo con sus tropas; era una victoria en toda regla. Como a Lemon le exasperaba perder, quiso buscar las cosquillas a su oponente por un quítame allá ese pelotón de infantería. El marqués pasó por alto la provocación. Pero cuando instantes después sorprendió a su amigo intentando hacer avanzar sus tropas por el tablero fuera de su turno de juego, se levantó ofendido y dio por concluida la partida. Abandonó la mansión de los Lemon sin dignarse a dar las buenas noches a su anfitrión.
  marques de Marina