Ir a mondorino.
 
     
 
 
Si uno se mete en negocios sucios, puede salir escaldado de ellos. El Sr. Pizarro lo sabía bien, aunque lo había aprendido demasiado tarde y a base de escarmientos. Aun así, Pizarro había extraído una lección impagable de sus malas experiencias: ir con mil ojos por la vida y no confiar en nadie. Desde entonces las cosas le iban mejor... Seguía metiéndose en negocios sucios pero ya no salía escaldado.

Sólo una vez se había saltado sus propias reglas: el día que confió en el Dr. Lemon. Ambos compartían una insana pasión por el Monopoly, lo que les llevaba a encontrarse regularmente en casa de Lemon para entregarse a partidas interminables. El doctor era un verdadero experto en el juego, y Pizarro había aprendido mucho de él. A base de pasar temporaditas en la cárcel, quedarse en bancarrota a menudo y suplicar a su anfitrión innumerables préstamos, el hombrecillo había asimilado todos los trucos del buen monopolista.

Un día, mientras compraba su primer hotel, Lemon le habló de un negocio legal pero muy rentable. Inversiones inmobiliarias. A Pizarro le interesó el asunto, pero como no tenía ni un céntimo pidió un préstamo a su amigo. Y éste, como siempre que ejercía de banca, le dejó el dinero con unos intereses desorbitados. El hombrecillo confió en el doctor cuando éste le dijo que el negocio era seguro y le reportaría grandes beneficios. Pero todo se fue a pique... El Sr. Pizarro aprendió que bajo ningún concepto debía saltarse su regla número uno.
  sr Pizarro