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-Apostaría un mes de mi triste sueldo, Srta. Amapola -sentenció el inspector con un brillo astuto en los ojos- a que si analizamos la porra que golpeó al Dr. Lemon encontraremos sus huellas.
Todos en el salón se volvieron a mirar a la actriz, algunos sorprendidos, otros simplemente expectantes. La Srta. Amapola dio un último sorbo a su copa antes de dejarla sobre la mesa. Miró durante unos segundos al inspector, retadora.
-Podría inventarme una historia y representar el gran papel de mi vida -dijo por fin-, pero no lo haré. Tiene razón, inspector, la porra es mía. La llevo en el bolso para protegerme, nunca sabes cuándo puede aparecer un admirador trastocado. Golpeé con ella al Dr. Lemon en un momento de ira. Acababa de decirle que lo nuestro había terminado y él no quiso asumirlo. Me detuvo en el vestíbulo y amenazó con destruir mi carrera si le dejaba. Me enfurecí, saqué mi porra instintivamente y...
La Srta. Amapola se volvió hacia la anfitriona:
-Lo lamento por usted, profesora Rubio. Pero su marido era un mal bicho. |
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