Ir a mondorino.
 
     
 
 
Había dejado de ser profesora muchos años atrás, cuando se casó. Abandonó su trabajo para dedicarse de pleno a ser la sombra de su marido. Aun así, todos la seguían llamando profesora Rubio, reconociendo quizás un saber estar del que nunca había dejado de hacer gala.

Muchos la consideraban una mujer privilegiada por la vida acomodada que llevaba; pocos eran conscientes de lo que suponía realmente ejercer de sufrida esposa del Dr. Lemon. Con los años había aprendido a sobrellevar los desprecios de su marido; a costa, eso sí, de volverse una vieja estirada y amargada.

Por suerte, podía refugiarse en las artes... Ni cuatro décadas de matrimonio tortuoso habían podido robarle su pasión por la música y, sobre todo, la pintura. A la profesora Rubio le encantaba dibujar. Por eso, cuando a la mansión acudían visitas a tomar el té, ella solía proponerles una partidita de Pictionary para distraerse. Podía pasarse horas enteras jugando con sus invitados, riendo, dando lo mejor de sí en cada ronda. Era hábil en el juego, pero cuando su marido entraba en la partida siempre acaba ridiculizándola, tachando sus creaciones artísticas de meros garabatos. Aquello era lo que más le dolía en su matrimonio.
  profesora Rubio