Neil Gaiman tiene la habilidad de mantener al lector enganchado a las páginas de sus obras escriba lo que escriba. Ya puede tratarse de una historia divertida o de un cuento estremecedor. Sus palabras cautivan a quien las lee y lo sumergen en su personalísimo universo fantástico. Si el autor está explicando una historia terrorífica, el lector ya puede prepararse a sentir el miedo a flor de piel. Porque Gaiman es un maestro recreando ambientes inquietantes y manteniendo el suspense. Y lo hace sin concesiones, como os comenté tiempo atrás en la reseña de El cementiri sense làpides i altres històries negres, una colección de cuentos que leí para las tertulias de la librería Al·lots.

Su última novela, El océano al final del camino, no podía ser menos. En ella, Neil Gaiman narra la historia de un hombre que vuelve a la localidad en la que creció para acudir a un funeral. Un improvisado paseo en coche le lleva hasta una vieja granja en la que, cuarenta años atrás, vivía la familia de su amiga Lettie. Las ganas de evocar aquella amistad infantil impulsan al protagonista a visitar un estanque situado tras la granja familiar, al final de un camino, y al que la niña se empeñaba en llamar océano. Frente al océano de Lettie, el hombre va rescatando del olvido la estremecedora aventura que vivió junto a su amiga durante aquel verano.

A través de sus recuerdos infantiles, el protagonista desgrana un relato extraño y macabro, envuelto por una de esas atmósferas aterradoras que tan bien sabe crear Gaiman. Pero también nos desvela una historia profundamente emotiva, por mucho que esa combinación parezca imposible de entrada.

Si queréis conocer más detalles sobre esta cautivadora novela, podéis echar un vistazo a su booktrailer y leer la reseña que escribí sobre ella para el blog de Al·lots.


Diseño imagen:
Missy Meyer