Imaginad una carretera que atraviesa un bosque. Por ella circula un peculiar grupo de viaje: lo forman una madre, un padre y una niña de poco más de dos años que montan unas curiosas bicicletas con remolque. Las bicis portan carteles con frases reivindicativas escritas a mano. Puede que el grupo vaya filmando el recorrido con su cámara, o que comparta parte del trayecto con otros ciclistas.

Son Diana, Diego y la pequeña Jara. Llevan tiempo en la carretera y tienen previsto seguir haciéndolo durante algunas semanas más. ¿Su objetivo? Buscar y difundir iniciativas pedagógicas alternativas al modelo tradicional. Descubrir y dar a conocer distintas escuelas que recuperen la pasión y el placer por el aprendizaje. Han bautizado su proyecto como Esto no es una escuela.

Pero, ¿qué llevó a una psicóloga social y a un ingeniero aeronáutico a embarcarse en esta aventura? Pues básicamente su hija. Cuando Diego y Diana se convirtieron en padres, evocaron el tipo de escuela a la que habían asistido de pequeños y decidieron que no era la que querían para Jara. No querían que se educara en un centro en el que importaran más los conocimientos, asimilados por obligación, que el proceso de desarrollo de los niños y niñas. No querían que asociara el aprendizaje con aburrimiento, desánimo o temor. No querían que fuera un simple peón, privado de participar activamente en su propia educación.

Como explican en su web, en un texto que recomiendo leer, Diana y Diego creen en una educación que despierte pasiones. Que genere sentimientos positivos en los niños y niñas, que les permita ser felices y disfrutar aprendiendo tanto en la escuela como durante toda su vida. Que apueste por el aprendizaje de habilidades y actitudes vitales como la iniciativa, la inteligencia emocional, la creatividad, el pensamiento crítico o la capacidad de colaboración. Que posibilite a cada niña y niño, en definitiva, “sacar lo mejor de sí, descubrir sus talentos y sus habilidades, y desarrollarlos en todo su potencial”.

La educación que los padres de Jara quieren para ella debe ser activa y participativa, para que los pequeños puedan ser creadores de su propio aprendizaje. También democrática, es decir, que permita a niños y adultos relacionarse en términos de igualdad, de manera que todos enseñen y aprendan de todos. Creen que “sólo dejando que las niñas y niños tomen el timón de su aprendizaje les ayudaremos a mantener vivo el entusiasmo por descubrir, cuidar y transformar el mundo”.

Diana y Diego sabían que no eran los únicos en defender ese tipo de educación. Conscientes de la existencia de educadores en todo el mundo que han apostado por otros modelos de aprendizaje, decidieron salir a buscarlos y difundir su labor a través del proyecto Esto no es una escuela. La pareja visita esos centros y entrevista a sus educadores, a los padres y madres que han confiado en ese modelo y a diversos especialistas en la materia. También habla con los niños y niñas, auténticos protagonistas, que explican sus experiencias en esas escuelas alternativas.

Esto no es una escuela recoge esas impresiones en un cuaderno de viaje que difunde a través de su web y de las redes sociales. El proyecto se complementará con un documental, que Diego y Diana prevén producir gracias a una campaña de micromecenazgo y difundir gratuitamente bajo una licencia Copyleft.

Su viaje les llevó a recorrer varios países de Europa y de Estados Unidos hace meses; ahora, Diana, Diego y Jara continúan su aventura por toda la geografía española. Dicen que viajar en bici les permite avanzar a un ritmo tranquilo, socializar y reivindicar la bicicleta como medio de transporte sostenible. Son un equipo muy bien organizado: Diego asume las cuestiones técnicas y la logística mientras que Diana suele actuar como portavoz y redactora. Jara, por su parte, ejerce de capitana de la expedición y relaciones públicas.

En realidad, estos tres aventureros no están solos en su viaje. Buscan la complicidad de quienes, como ellos, consideran que la educación debería “ayudar a cada niño y niña a sacar lo mejor de sí”. Por eso piden su apoyo a través de varias vías: informándoles sobre proyectos pedagógicos interesantes, ofreciéndoles alojamiento, acompañándoles un trozo del camino, colaborando en la filmación del documental, difundiendo su proyecto en redes sociales… También les animan a enviarles mensajes con su visión personal sobre la educación, que trasladan a los carteles que decoran sus bicis durante el viaje. “Sabemos que la educación no cambiará si no hay suficientes personas que exijan que cambie, y debemos ser las familias, junto con los educadores, quienes impulsemos ese cambio”, aseguran.

Para Diana y Diego, Esto no es una escuela no es únicamente un viaje físico. También es un viaje interior que les da la oportunidad de regresar a la infancia y mirar de nuevo el mundo con ojos infantiles. Esperan que su proyecto siembre una semilla que pueda “contribuir a un cambio profundo en la educación y en la forma en que los niños grandes entendemos la infancia”.


Foto: Esto no es una escuela en Flickr