El Mundial de Brasil ha situado al fútbol en primera línea mediática durante estas semanas. Aficionados de todo el planeta han ido siguiendo la evolución de sus selecciones, en las que jugadores emblemáticos han dado el tipo por defender sus colores con mayor o menor fortuna. Mientras que el fútbol de las grandes estrellas mueve cifras económicas impresionantes, en muchos lugares del tercer mundo este deporte no pasa de ser un modesto pasatiempo para los niños sin recursos. Aunque también puede ser la excusa para que un chico de apenas 14 años cambie el mundo a pequeñas dosis.

Un balón de fútbol fue el origen de todo. En el verano de 2009, un niño llamado Ethan King acompañó a su padre en un viaje laboral a Mozambique. Mientras el padre trabajaba en la rehabilitación de pozos de agua en algunas localidades, Ethan se entretenía jugando al fútbol con los pequeños de la zona. Su balón era el centro de atención. Impactado por las desigualdades entre aquellos niños pobres, resignados a fabricar la pelota con la que jugaban a base de materiales reciclados, y él mismo, que disponía de varios balones en casa, Ethan decidió regalar su pelota a los pequeños de una de las aldeas.

Su acto generoso no quedó ahí, sino que le impulsó a buscar nuevas maneras de ayudar en cuanto volvió a casa. Así que meses más tarde, ya en 2010, fundó Charity Ball con la colaboración de varios amigos. Por aquel entonces, Ethan tenía sólo 10 años pero las ideas muy claras: quería ofrecer a los niños necesitados de todo el mundo la oportunidad de jugar al fútbol en las mejores condiciones; para ello, su asociación pretendía hacerles llegar balones nuevos y de calidad.

Elegir un balón de fútbol como herramienta para el cambio no resulta tan superficial como podría parecer a simple vista. Según explican los responsables de Charity Ball en su web, dar a estos niños la oportunidad de jugar al fútbol les permite afrontar mejor las duras condiciones en las que viven, provocadas quizás por la pobreza extrema o por enfrentamientos bélicos. El juego se presenta ante ellos como una vía de escape y también como una manera de mantenerse alejados de situaciones conflictivas. Además, les ayuda a practicar ejercicio físico, por lo que contribuye a su mejorar su salud; promueve entre ellos valores como el trabajo en equipo o el juego limpio y contribuye a reforzar su autoestima.

Desde que Ethan la fundó, Charity Ball ha llevado cientos de balones de fútbol a los niños de más de una veintena de países. A principios de 2013 organizó su primer Tour Mundial, que duró casi cuatro meses y recorrió varios lugares de Asia y África. Ese mismo verano puso en marcha en Mocimboa Da Praia (Mozambique) un proyecto muy especial liderado por Ethan y por Neven Subotic, futbolista serbio del Borussia Dortmund que cuenta con su propia organización benéfica. El proyecto, al que llamaron PLAY [well] Cup, incluía la entrega en mano de balones y equipamiento deportivo, un clinic para los chicos de la zona impartido por Subotic, un torneo regional de fútbol juvenil y la instalación de un pozo para que los vecinos de la aldea tuvieran acceso al agua potable. La experiencia fue captada por el documental Pass the Ball.


Foto: Erik (HASH) Hersman en Flickr