Guía práctica de una fábrica de chocolate

El concurso
Willy Wonka, dueño de la mejor fábrica de chocolate del mundo, anuncia en la prensa un curioso concurso. Cinco de sus chocolatinas esconden una papeleta dorada en su envoltorio; los niños que las encuentren podrán pasar un día en la fábrica y recibirán productos suyos para toda la vida. El anuncio causa revuelo mundial y logra que las ventas de sus chocolatinas se disparen. La campaña de marketing ideada por Wonka tiene tal éxito que quizás inspire, en el futuro, la acción promocional del nuevo disco de un grupo de rock.

El anfitrión
Auténtico mago del chocolate, Willy Wonka ha creado más de 200 clases de chocolatinas y ha inventado golosinas increíbles, desde helados que no se derriten a chicles que no pierden el sabor. Es un tipo excéntrico que dice lo que piensa sin sutilezas, como podrán comprobar quienes visiten la fábrica. Aunque también es un emprendedor valiente que sabe superarse en momentos críticos. Incluso si eso supone cerrar su fábrica temporalmente para reinventar el negocio y volver a la carga con productos todavía más deliciosos.

La fábrica
Dicen que es la mejor y más grande, aunque nadie puede certificarlo. A la fábrica Wonka la rodea el misterio: ningún trabajador ha entrado ni salido de ella en los últimos diez años, pero a diario envía camiones cargados de productos Wonka a todo el mundo. Los pocos que accedan a la fábrica constatarán que es aún más impresionante de lo que creían. Dispone de salas enormes con ríos de chocolate, prados de menta y los más insospechados inventos. Es tan grande que incluso cuenta con un revolucionario ascensor de cristal para recorrerla.

Los ganadores
Cinco niños afortunados. Sólo ellos y sus familiares descubrirán los secretos del negocio de Willy Wonka. Augustus Gloop, el glotón sin medida. Veruca Salt, la niña rica mimada. Violet Beauregarde, la descarada masticadora de chicle. Mike Teavee, el adicto a la televisión. Y Charlie Bucket, el pequeño sin recursos que sueña con la única chocolatina que saborea cada año por su aniversario. Todos vivirán experiencias inolvidables durante la visita; la fábrica otorgará a cada uno el trato que le corresponde.

Los trabajadores
Son diminutos, alegres y muy currantes. Los umpa-lumpas llegaron a la fábrica Wonka desde un país remoto y desconocido, movidos por la promesa de recibir como pago su alimento preferido: granos de cacao. Les gusta bailar y componer canciones sobre todo lo que observan. Sus letras destilan sarcasmo y cierta crueldad cuando critican la actitud de los invitados de Wonka. Actúan como voz de la conciencia: su defensa de la lectura, en la canción que le dedican a Mike Teavee, no tiene precio.

El autor
El universo recogido en la novela Charlie y la fábrica de chocolate surgió de la cabeza de uno de los más importantes escritores de la literatura infantil: Roald Dahl. Este autor británico, cuya vida estuvo tan llena de aventuras como sus libros, escribió tanto para niños como para adultos. Empezó a inventar historias para explicar a sus hijas antes de ir a dormir; más tarde se decidió a plasmarlas en el papel. El éxito de sus novelas radica en un estilo transgresor, personajes inusuales, un humor algo negro y situaciones a menudo políticamente incorrectas.

El legado
Sus libros han sido adaptados como películas, musicales u obras de teatro y han recibido homenajes de todo tipo. Años después de la muerte de Dahl, su viuda reunió el legado del escritor (manuscritos, fotos, libros de ideas, cartas) y lo puso a disposición del público en el Roald Dahl Museum. Está ubicado en Great Missenden, la localidad inglesa en la que el autor vivió y escribió durante 36 años. Una de sus salas reproduce fielmente el interior de la cabaña de escritura que Dahl instaló en el jardín de su casa. Existe también una organización caritativa, la Roald Dahl’s Marvellous Children’s Charity, que trabaja para mejorar la vida de niños con enfermedades graves en el Reino Unido. Y un Día de Roald Dahl que se celebra cada 13 de septiembre, fecha de su nacimiento.

El origen
Aunque fue publicada en 1964, la historia de Charlie y la fábrica de chocolate se gestó mucho antes. Para encontrar la primera chispa de inspiración hay que remontarse a la infancia de Roald Dahl, cuando era alumno de la Repton Public School. La escuela estaba cerca de Cadbury’s, una de les fábricas de chocolate más famosas de Inglaterra. Desde allí solían enviar a los alumnos cajas con chocolates de nueva creación para que los probasen y valorasen. A Dahl le gustaba imaginarse la fábrica llena de inventores trabajando en busca de maravillosas  golosinas… Empezó a escribir la novela varios años antes de publicarla, en un proceso accidentado que pasó por cinco borradores y un par de desgracias familiares.

El ilustrador
La novela cuenta con las magníficas ilustraciones de Quentin Blake, un reconocido autor y dibujante inglés inevitablemente asociado a Roald Dahl. Ambos formaron un tándem perfecto en muchas obras del escritor. Lo cierto es que el estilo de Blake (subversivo, espontáneo, de trazos rápidos y pretendidamente imperfectos) casa muy bien con el tono de Dahl.

El aniversario
Convertida en bestseller en el acto, Charlie y la fábrica de chocolate ha mantenido un sólido recorrido desde su aparición. En 2014 cumple medio siglo cautivando a niños y adultos de todo el mundo. Ese 50 aniversario merecía una conmemoración por todo lo alto, así que el Roald Dahl Museum lleva meses celebrándolo con varios actos. Entre ellos, la publicación de dos capítulos inéditos de un borrador previo de la novela, que hasta ahora permanecían a buen recaudo en los archivos del museo. El primero, The Vanilla Fudge Room, fue mostrado a finales de agosto por The Guardian con nuevas ilustraciones de Quentin Blake. El segundo, The Warming Candy Room, acaba de ser publicado por Vanity Fair.

Los inéditos
Los capítulos recién desvelados muestran varias diferencias notables con la versión definitiva. No son cinco los niños que visitan la fábrica, sino diez. ¿Por qué tantos? El propio Dahl reconoció que le gustaba tanto escribir sobre niños indeseables que no podía parar, aunque sabía que tendría que reducir el número para que la novela quedase mejor. Además, a Charlie no le acompaña el abuelo Joe, sino su madre. Y los trabajadores son gente corriente y no umpa-lumpas (quienes, por cierto, en algún momento se llamaron Whipple-Scrumpets). Al final de The Vanilla Fudge Room, uno de los trabajadores entona también una canción, pero no tiene la acidez de las que cantan los hombrecitos.


Foto: pixel2013 en Pixabay

2017-08-26T22:34:03+00:00 13 septiembre 2014|flores y espinas|0 Comments

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