La lista de los deseos de un niño, cuando a juguetes se refiere, puede ser interminable. Por pedir, que no quede. Pero que esos deseos acaben materializados en un inmenso cargamento de regalos ya no depende del pequeño, sino de los adultos que le rodean. Y es que a veces son los propios familiares quienes se empeñan en abrumar a la criatura con las últimas novedades del mercado. Cuantas más y más nuevas, mejor. Esa ansia regaladora puede traducirse en más juguetes incluso de los que pide el niño y, por descontado, más juguetes de los que necesita.

Si un aspecto positivo podemos extraer de esta crisis es que nos ha incitado a recapacitar sobre los excesos de una cultura demasiado consumista. En el caso de que ese argumento no baste para convencernos, podemos apelar a razones ecológicas. Para construir un juguete se utilizan recursos naturales como árboles, agua, metales o petróleo; un sacrificio que no compensa si tenemos en cuenta la corta vida que solemos dar a esos objetos. Si queremos proteger el medio ambiente, convendría reducir el número de juguetes que compramos: para destinar menos recursos naturales a su fabricación, pero también para generar menos residuos. Y, una vez comprados, amortizarlos al máximo.

Una buena manera de contribuir a ese cuidado del entorno es sustituir la compra de juguetes nuevos por alternativas más sostenibles. Además de resultar económicas e incluso divertidas, pueden ayudar a fomentar la conciencia ecológica y solidaria del niño. Aquí tenéis algunas sugerencias:


1. Comprar de segunda mano

Adquirir un juguete usado no significa hacerse con un trasto viejo o estropeado. Al contrario: puede tratarse de objetos nuevos pero no deseados por el niño, con los que ha jugado poco o que ha dejado de utilizar porque ya no corresponden a su edad. Aun así, antes de comprar un juguete de segunda mano conviene asegurarse de que esté en buen estado, que no le falte ninguna pieza esencial y que sea duradero, es decir, que no vaya a dejar de funcionar a los pocos usos. En esta web en inglés encontraréis algunos consejos útiles por si elegís esta opción.


2. Trueque de juguetes

Además de ahorrar dinero y contribuir al cuidado del planeta, el intercambio de juguetes cuenta con una interesante vertiente pedagógica: como explican los responsables de la comunidad Compartoy en su web, permite “educar a nuestros hijos desde bien pequeños en los valores de compartir y cooperar, por encima de los valores de la propiedad y del individualismo”.

En la red existen varias entidades, empresas o iniciativas que promueven esta vía. El caso de Compartoy resulta curioso porque no plantea un intercambio de juguetes definitivo, sino temporal. Sus miembros realizan una aportación inicial mínima de dos objetos; a partir de ahí, pueden ir disfrutando de los juguetes de la comunidad en préstamos de dos meses.


3. Reaprovechar, arreglar y reciclar

Más allá de venderlos o intercambiarlos, existen otras maneras de alargar la vida de los juguetes una vez que los pequeños se han cansado de ellos. Podéis donarlos a otros niños con pocos recursos, por ejemplo, o buscarles un nuevo uso, quizás como objetos de decoración. Que un juguete haya dejado de funcionar tampoco es excusa para deshacerse de él: antes de tirarlo a la basura, puede que valga la pena intentar arreglarlo. Y, si no tiene remedio, siempre queda la opción de reciclarlo.

La Asociación Española de Recuperadores de Economía Social y Solidaria (AERESS) explicaba en el informe de su campaña “Juguetes con mucha vida” que cerca de un 6% de los residuos urbanos son juguetes y pequeños aparatos eléctricos, pero que sólo un 2% de los juegos electrónicos acaba en plantas de reciclaje. Y lo cierto es que hacerlo no resulta complicado: tan solo hay que separar sus piezas, reciclar aquellas que puedan serlo (como las de metal, cartón, plástico o madera) y llevar el resto del juguete a un punto verde.


4. Juguetes DIY

Es la alternativa más sostenible: animar a los niños a crear sus propios juguetes. Y, por supuesto, ayudarles a construirlos. Con un poco de imaginación, cualquier material puede acabar convertido en un juguete original y, sobre todo, personal. Transformar una docena de calcetines en una simpática serpiente, una botella de plástico en ambulancia o una simple caja de cartón en lavadora o acuario es más fácil de lo que pueda parecer. En estos casos no importa tanto el juguete en sí como el juego que supone el proceso de construirlo. Un proceso que enseña a los pequeños a ser creativos y les acerca al reciclaje.


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