Hace unos días leí un artículo sobre el fenómeno creciente de los monosellers, esos libros de los que todo el mundo habla y que, por supuesto, todo el mundo lee. Superan con creces la categoría de bestsellers porque no se conforman con vender lo indecible: cuando aparecen en escena, consiguen que cualquier otra novedad literaria quede eclipsada. Con un nuevo Larsson, Rowling o Brown en perspectiva, ¿quién se fija en otros títulos?

El artículo denuncia los efectos negativos que los monosellers provocan en la industria. Las ventas millonarias logradas por estos fenómenos contrastan con el descenso en el volumen de ventas del resto de libros. Ya no se trata sólo de que muchos lectores no tengan ojos para otros títulos, sino que, además, parece que tampoco las librerías dedican el mismo interés a las lecturas alternativas: sus pedidos se reducen para dejar espacio en mesas y estanterías a la apuesta segura de los monosellers.

Otro artículo reciente, publicado esta vez por la revista inglesa The Bookseller, explica cómo, ante la experiencia vivida con el boom de ventas de El Código Da Vinci, muchas editoriales decidieron atrasar sus novedades de septiembre para no coincidir con el lanzamiento de la última novela de Dan Brown. Sabían que The Lost Symbol centraría la atención tanto de la prensa como del público, así que, ¿para qué molestarse?

Lo peor, en mi opinión, no es el canibalismo de los monosellers sobre el resto de novedades. Lo peor es que la literatura se acabe sometiendo, como el vestir, a los dictados de la moda. Que todos acabemos leyendo lo mismo, o paseando el mismo libro camino del trabajo, porque es lo que toca leer. De acuerdo que algunos monosellers responden a las expectativas creadas y cuentan con una gran calidad, pero el interés literario de otros no está a la altura de la espectacular campaña de marketing que los ha dado a conocer. Si leer uno de estos últimos supone perderse la lectura de otro libro menos popular que sí habría valido la pena, mal asunto…


Foto: Pj Accetturo en Unsplash