Cada verano, infinidad de flip flops se separan de los pies que las calzan, voluntaria o involuntariamente, para iniciar una nueva vida lejos de sus dueños. Muchas de esas chanclas surcan los mares durante jornadas interminables para acabar varadas en alguna playa del océano Índico. Y aunque ese dato podría servir como punto de partida para una curiosa aventura literaria, lo cierto es que las estadísticas no tienen nada de divertido: las chanclas se han convertido en uno de los principales contaminantes marinos de la zona.

Hace años, mientras trabajaba en la isla de Kiwayu, una conservacionista marina de Kenia llamada Julie Church comprobó en primera persona los daños medioambientales que causaba sobre el ecosistema marino el enorme volumen de residuos que acababa en las playas de aquella zona remota. Especialmente las flip flops perdidas. Church observó, además, que los niños de los alrededores utilizaban como juguetes los restos de aquellas chanclas, y eso le dio una idea. Animó a las familias de los niños a recoger las flip flops abandonadas, reciclarlas y transformarlas en objetos artesanales hechos a mano. Fue el inicio de un proyecto llamado Ocean Sole.

Década y media después, Ocean Sole ha llegado a ser una empresa comprometida con el medio ambiente que ayuda a limpiar las costas de Kenia con su iniciativa. Los cerca de 400.000 kilos de deshechos de caucho en forma de chanclas que recoge cada año acaban convertidos en objetos manufacturados de gran colorido que la compañía vende por todo el mundo. Los artesanos locales los transforman en juguetes o libretas, en fundas para smartphones o imanes de nevera, en bolsos o artículos de decoración; y también en unas personalísimas esculturas gigantes.

Además de su labor por el medio ambiente, Ocean Sole contribuye al desarrollo de las comunidades locales dando trabajo a alrededor de un centenar de personas que residen en áreas poco favorecidas. La compañía cuenta, asimismo, con la Ocean Sole Foundation, que se financia con un 5% de los ingresos recogidos por la venta de sus productos y un 25% de los beneficios obtenidos con sus esculturas. Todo ello les permite apoyar iniciativas de conservación marina, implantar proyectos para fomentar la creatividad, la innovación y soluciones comerciales sostenibles o elaborar programas de educación para mostrar a los niños qué ventajas tiene el reciclaje.


Foto: Bermi Ferrer en Flickr