Versión A:
Tiene delito la cosa: levantarse a toque de despertador en pleno mes de agosto. Qué importa si la música a todo decibelio del bar de la esquina y la ola de calor africano se confabularon anoche para evitar que durmieras. Hoy toca bajar temprano a la playa para plantar la sombrilla; un leve retraso y despídete de encontrar un milímetro de arena libre. Todo sea por los niños, piensas, porque a ti ni siquiera te gusta la playa. Te has llevado un libro para aliviar la penitencia, pero se te cierran los ojos en cuanto intentas leer unas líneas. Decides ir a darte un chapuzoncito, a ver si se te reanimas. Mucho te debe de haber afectado el calor porque crees ver al mismísimo dios Neptuno, con su larga barba, montado en una barquita camino a la orilla. Te sumerges en el agua para ahogar esa visión y después vuelves a tu toalla. Los niños se han empeñado en jugar a pelota, pero a ti no hay quien te mueva de tu refugio a la sombra. Coges el libro e intentas leer un poco más. De nuevo te ataca la dichosa somnolencia… Entre sueños, oyes un carraspeo. Abres los ojos lo justo para ver a Neptuno plantado ante ti. «Está muy bien eso de leer en la playa», te dice. Y te regala una visera como premio. Le das las gracias sin saber aún si lo estás soñando o es que sufres alucinaciones a causa de una insolación. Maldita playa. Qué ganas tienes de acabar agosto.

Versión B:
Qué ganas tienes de acabar agosto. No llevas nada bien eso de madrugar para ir a trabajar sabiendo que todo el universo anda de vacaciones. Qué importa si anoche hacía tantísimo calor que tuviste que bajar al bar de la esquina a tomar algo fresquito; a tu jefe no le conmoverá la historia de tu insomnio si llegas tarde. No te queda más remedio que disfrazarte de Neptuno, aguantar el calor estoicamente e ignorar las ganas de rascarte aunque la barba te pique horrores. El vaivén de la barquita que te lleva a la playa en la que trabajas hoy no mejora las cosas: vas a arrastrar esa somnolencia toda la mañana… Saltas a la orilla ignorando las miradas sorprendidas de los bañistas. Tu objetivo es encontrar un lector entre tanto ocioso. Caminas entre el overbooking de toallas y sombrillas, arrastrando tu túnica por la arena, esquivando a unos críos que juegan a pelota. Por fin divisas a alguien con un libro entre las manos. No se puede decir que esté leyendo porque dormita bajo una sombrilla, pero ya te sirve. Te acercas y carraspeas sonoramente para que sepa que estás allí. Cuando entreabre los ojos para mirarte, le felicitas y le regalas una visera. No entiendes sus balbuceos amodorrados pero intuyes que te ha dado las gracias justo antes de dormirse de nuevo. Y tú, a seguir trabajando. Tiene delito la cosa.

[ Inspirado en una noticia sobre la campaña Lee en la playa. ]


Foto: Ricardo Gomez Angel en Unsplash