Proyectos sorprendentes que combaten la deforestación

Cada vez perdemos más bosques. Su desaparición se ha convertido en un grave problema para el planeta: no sólo afecta a la subsistencia de la población, sino que también acentúa el cambio climático. Por suerte, muchos países trabajan a conciencia para paliar la deforestación o revertir sus efectos. Surgen proyectos desde los gobiernos y también iniciativas particulares; incluso los niños tienen algo que decir.


Un problema creciente

En la actualidad, un 30% de la superficie de la Tierra está cubierta por bosques, según las Naciones Unidas. Eso supone unos 4.000 millones de hectáreas. El problema es que cada año desaparecen hasta 13 de esas hectáreas, y lo hacen por la acción del hombre.

No es un problema que podamos pasar por alto, ya que los bosques juegan un papel fundamental en nuestra supervivencia. De entrada, son el hogar del 80% de las especies de plantas y animales del planeta. Además de ayudar a conservar la biodiversidad, atenúan los efectos del cambio climático. Los árboles absorben el CO2, con lo que mejoran la calidad del aire. Por otro lado, los bosques protegen los suelos de la erosión y reducen el riesgo de desastres naturales como sequías, inundaciones o tormentas de arena.

Nuestra relación, como seres humanos, con los bosques es imprescindible. De nuevo según las Naciones Unidas, se estima que un 25% de la población mundial depende de ellos para subsistir. Son fuente de alimentos y de combustible, pero también de ingresos y de empleo. Aun así, somos los mayores responsables de la deforestación. El crecimiento de la población, la expansión de zonas urbanas en lugares boscosos, el ritmo del consumo y, sobre todo, la conversión de tierras forestales en terrenos agrícolas son los principales motivos.


¿Podemos combatir la deforestación?

Sí, si nos preocupamos por conservar los bosques. Y si potenciamos la reforestación. De hecho, la comunidad internacional lleva tiempo trabajando en ello. En 1992, en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, se adoptó un consenso mundial para reducir y revertir la deforestación. Desde entonces, los bosques han ocupado un lugar destacado en las agendas políticas internacionales. El Foro de las Naciones Unidas sobre los Bosques, creado en 2000, ha marcado como objetivo para 2030 incrementar en un 3% la superficie forestal de la Tierra, lo que significaría 120 millones más de hectáreas de bosques.

“Los bosques y la agricultura desempeñan una función muy importante en el cumplimiento del compromiso histórico de la Agenda 2030 de librar el mundo de las lacras de la pobreza y el hambre”, afirma la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en su informe El estado de los bosques del mundo 2016.


Proyectos institucionales

Algunos países se han tomado muy en serio su objetivo de luchar contra la deforestación. Aquí tenéis varios ejemplos de iniciativas titánicas impulsadas por diferentes gobiernos.

La Gran Muralla Verde china
Hablamos del problema de la desertificación en China hace varias semanas, en una serie de posts sobre las víctimas del cambio climático. Se calcula que los desiertos del país han aumentado en más de 54.000 kilómetros cuadrados desde 1975, hasta el punto de que la zona desértica abarca ya cerca de una cuarta parte del territorio. El desierto del Gobi, situado al norte de China, se ha convertido en una gran amenaza. Para combatir su avance, el gobierno chino decidió, en 1978, construir una enorme muralla de árboles que lo limitara. El Three-North Shelterbelt Project se erigió como el mayor proyecto de reforestación del mundo: suponía la plantación de millones de árboles a lo largo de unos 4.500 kilómetros de desierto. Ya se han plantado más de 66.000 millones de árboles, y el proyecto seguirá en marcha hasta 2050. ¿Resultados? Informes estatales aseguran que la medida está frenando la desertificación, aunque también han surgido voces críticas sobre la eficacia de la muralla.

Un proyecto que empodera a las comunidades locales.
Foto: greatgreenwall.org

La Gran Muralla Verde africana
El proyecto del Gobi –y probablemente también la experiencia de Wangari Maathai, de quien hablaremos más adelante– inspiró una iniciativa similar en el Sahel, una región al sur del desierto del Sáhara muy vulnerable al cambio climático. Sus habitantes dependen del acceso a recursos naturales como el agua, la tierra cultivable o los bosques tanto para alimentarse como para su desarrollo socioeconómico. Por eso, en 2007, once estados subsaharianos lanzaron la Iniciativa Africana de la Gran Muralla Verde con la intención de cultivar en la zona un muro vegetal de 8.000 kilómetros que abarcara toda África a lo ancho. El objetivo no era sólo luchar contra la invasión del desierto, sino también empoderar a las comunidades locales y combatir la inseguridad alimentaria y la pobreza. Aunque parece que el proyecto no logrará alcanzar la dimensión prevista, lo cierto es que está transformando la vida de millones de personas en el Sahel, aportando alimentos, empleo y estabilidad.

Reforestación comunitaria en Corea del Sur
Este país había tenido siempre una gran dependencia de los bosques para obtener madera, combustible y otros productos. En las décadas de 1950 y 1960, había perdido ya la mitad de su cubierta forestal por culpa de la acción humana, como indica El estado de los bosques del mundo 2016 de la FAO. A causa de esa deforestación, se intensificaron tanto las consecuencias de sequías e inundaciones como la inseguridad alimentaria. Para solucionar el problema, el gobierno puso en marcha, en la década de 1960, un proyecto intensivo de rehabilitación de los bosques. Y lo hizo a través del Saemaul Undong, un programa de desarrollo rural integrado de base comunitaria. Se crearon pequeños proyectos de autoayuda en las aldeas que contribuyeron a la reforestación, proporcionaron alimentos y empleo a la población y revitalizaron la economía rural. Como resultado, la superficie forestal se multiplicó aproximadamente por 14 entre 1955 y 2010.

Algunos países han realizado impresionantes llamadas masivas a la población para que se implique en sus estrategias nacionales de reforestación. Y la respuesta obtenida les ha llevado a batir récords Guinness. Es el caso de Filipinas: el 26 de septiembre de 2014, unos cuatro millones de árboles fueron plantados simultáneamente por más de 120.00 voluntarios. La India también ha batido varios récords. En el COP21, este país se comprometió a aumentar su superficie forestal a 95 millones de hectáreas en 2030. Para cumplirlo, ha organizado varias acciones masivas en diversos estados. Un ejemplo: el 2 de julio de 2017, en Madhya Pradesh, más de un millón y medio de personas plantaron más de 67 millones de árboles en 12 horas. Estas acciones pretenden crear conciencia pública sobre la reforestación y mostrar el compromiso de los países con la rehabilitación de los bosques.


Cruzadas particulares

Dignos de mención son los casos de individuos que convierten la reforestación en un proyecto personal y lo tiran adelante con éxito. ¿Vemos algunos ejemplos?

Jadav Payeng
Foto: Itshuman en Wikimedia Commons

Forest Man
Su nombre es Jadav ‘Molai’ Payeng y se hizo activista ecologista cuando tenía 16 años. Durante décadas se ha dedicado a plantar árboles en la isla Majuli, situada en el río Brahmaputra (India). Pese a ser una de las mayores islas fluviales del mundo, Majuli ha perdido más de la mitad de su territorio por la erosión. En 1979, un joven Payeng encontró en un banco de arena de la isla decenas de serpientes muertas por calor excesivo tras ser arrastradas por las inundaciones. La escena le causó tanto impacto que decidió hacer algo. Aconsejado por los ancianos del pueblo y por funcionarios forestales, concluyó que plantar árboles era la mejor solución. Al principio, el joven colaboró en un proyecto de reforestación institucional; cuando el proyecto finalizó, continuó la cruzada en solitario. Su tenacidad logró que aquella tierra árida se convirtiera en una auténtica reserva forestal. Con unas 550 hectáreas, el bosque de Molai es ahora el hogar de una gran variedad de árboles y animales, algunos en peligro de extinción. Payeng ha recibido varias distinciones por su hazaña, como el título Forest Man of India o el premio Padma Shri.

Instituto Terra
Puede que conozcáis a Sebastião Salgado por su labor como reportero gráfico. Durante décadas, este prestigioso fotógrafo brasileño se dedicó a retratar a la población más desfavorecida del mundo. Más tarde, captó la naturaleza en estado puro para sensibilizar sobre la fragilidad de la Tierra. Os recomiendo la película La sal de la tierra para conocer mejor su historia y su trabajo. En ese documental también se hace referencia a otro ambicioso proyecto de Salgado: el Instituto Terra. Esta iniciativa nació en 1998, cuando el fotógrafo y su esposa, Lélia Wanick Salgado, se propusieron recuperar una degradada hacienda familiar en Aimorés (Brasil) y devolverle su estado natural de selva tropical. Gracias al instituto, unas 7.000 hectáreas de terreno deforestado han acabado transformadas en un bosque fértil, en el que vuelven a fluir manantiales de agua y se refugian algunas especies animales brasileñas en peligro de extinción.

SAI Sanctuary
En Karnataka, al sur de la India, encontramos una iniciativa muy similar a la del matrimonio Salgado. Tras recorrer buena parte del mundo, Anil y Pamela Malhotra eligieron esta zona para construir su propio santuario natural. Su proyecto comenzó en 1991, con la compra de unas 22 hectáreas de terreno baldío con el objetivo de plantar árboles nativos. Desde entonces, la pareja ha ido ampliando su propiedad a base de adquirir tierras a los agricultores que querían deshacerse de ellas porque ya no les compensaba cultivarlas. Ahora, con más de 120 hectáreas, este particular santuario privado alberga una amplia variedad de árboles y plantas nativos, así como numerosas especies animales raras y amenazadas. A menudo, naturalistas y científicos acuden allí para investigar la flora y la fauna del lugar.


Los niños también cuentan

Los niños se implican en la reforestación.
Foto: Kids Saving the Rainforest

Los hay que muestran su preocupación por la deforestación desde muy temprana edad. Algunos incluso han dedicado tantos esfuerzos a luchar contra ella que podemos incluirlos en nuestra galería de cazasueños. Aquí destacamos tres.

Adeline Tiffanie Suwana
Ya hablamos de Adeline, la amiga de la naturaleza, en un antiguo post. En 2008, cuando apenas tenía 11 años, esta estudiante indonesia decidió dedicar sus vacaciones escolares a una particular misión: plantar manglares con ayuda de sus amigos. Adeline había quedado impresionada por los efectos catastróficos de las inundaciones en Indonesia el año anterior, agravados por la erosión del terreno. Sabía que los manglares podían jugar un papel fundamental como protectores en caso de desastres naturales, así que quiso pasar las vacaciones reforestando. Su iniciativa fue la semilla de Sahabat Alam, una organización que anima a los niños y jóvenes indonesios a comprometerse con la protección del medio ambiente. Entre sus proyectos destaca la plantación de manglares y árboles autóctonos.

Felix Finkbeiner
La aventura de Felix empezó a los 9 años. Buscando información para un trabajo escolar, el pequeño alemán descubrió a Wangari Maathai, fundadora del Green Belt Movement en 1977. A través de ese movimiento, Maathai logró empoderar a las mujeres de las zonas rurales de Kenia movilizándolas para plantar árboles y luchar contra la deforestación. Su labor le llevó a ser la primera mujer africana en recibir un Nobel de la Paz. Inspirado por la activista keniata, Felix formuló su propio sueño: conseguir que los niños plantaran un millón de árboles en cada país del mundo. Sus objetivos eran reducir las emisiones de CO2 y promover la justicia climática para acabar con la pobreza. Así surgió Plant-for-the-Planet. Era 2007; sólo tres años más tarde, Felix ya había cumplido su sueño en Alemania. Desde entonces, más de 100.000 niños han participado en los programas de reforestación de su organización en diversos países.

Janine Licare
Janine y su amiga Aislin tenían sólo 9 años cuando decidieron montar su propio negocio. Vendían las piezas de artesanía que ellas mismas creaban. Aunque al principio no sabían qué hacer con sus ganancias, no tardaron en encontrar un destino para el dinero: ayudar a salvar la selva de Costa Rica, el país en el que vivían. Así que fundaron, en 1999, Kids Saving the Rainforest. Desde entonces, Janine ha seguido muy vinculada a la organización, que trabaja para concienciar a la gente sobre la importancia ecológica de la selva tropical y promueve su conservación a través de programas de reforestación y rehabilitación de la vida silvestre.

El interés por la protección de bosques, manglares o selvas no es lo único que estos tres cazasueños tienen en común. Cuentan con la habilidad de saber enfrascar a otros niños en la aventura que les llevará a conseguir sus sueños. Parte de la labor de sus organizaciones es despertar el amor por la naturaleza en personas de su misma edad. Empoderar a pequeños activistas para que sientan que, por muy jóvenes que sean, también pueden marcar la diferencia con sus acciones.


Maneras curiosas de reforestar

A estos proyectos de reforestación podríamos añadir un grupo más: el de las iniciativas que se sirven de métodos poco convencionales para plantar árboles. ¿Imagináis un dron diseñado para reforestar? ¿O libros infantiles que cierran el ciclo de la vida convirtiéndose en la simiente de un nuevo árbol? ¿O un proyecto de reforestación que cuenta con la ayuda inestimable de voluntarios caninos? Aunque si hay una historia que nos ha llamado la atención es la que cuenta cómo un terreno árido de Costa Rica acabó transformado, década y media más tarde y sin pretenderlo, en un exuberante bosque gracias a las cáscaras de naranja.

Todo empezó en 1997, cuando dos investigadores de la Universidad de Princeton propusieron a la empresa Del Oro, fabricante de zumo de naranja, que donara parte de un terreno que bordeaba el Área de Conservación Guanacaste a este parque nacional a cambio de poder tirar las cáscaras de naranja sobrantes en la tierra degradada del parque. La empresa aceptó el acuerdo y, poco después, se descargaron 12.000 toneladas de cáscaras en el terreno elegido. El problema surgió cuando una empresa rival demandó a Del Oro por contaminar el parque nacional y la justicia le dio la razón. El experimento quedó paralizado, y en más de 15 años nadie se preocupó por el terreno. Hasta que, en 2013, otro investigador de Princeton decidió ir a evaluarlo. Comprobó, con sorpresa, que aquella tierra árida se había convertido en una jungla. Y no sólo eso: los análisis revelaron que tenía un suelo más rico, más biomasa arbórea y mayor diversidad de especies que los terrenos cercanos.

Todas estas iniciativas nos demuestran que no todo está perdido para los bosques. Que, con tenacidad y amor por la naturaleza, los mismos seres humanos que hemos causado la deforestación somos capaces de luchar contra ella con el objetivo de dejar en herencia un mundo mejor a las generaciones del futuro. Y que cualquiera, tenga la edad que tenga, puede aportar su granito de arena… O, en este caso, su semilla.


Foto destacada: La Gran Muralla Verde africana

greatgreenwall.org

2018-05-10T10:43:33+00:00 10 mayo 2018|cazasueños, flores y espinas|Sin comentarios

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