Acabo de reencontrar un par de cuentos infantiles navideños que escribí hace tiempo. Aquí os dejo el primero: pertenece a la anterior etapa del blog. Es lo que tiene abrir el baúl de los recuerdos de vez en cuando, que descubres cosas que tenías olvidadas…

 

El abeto de Navidad

El día que Julia y sus padres fueron a comprar el abeto de Navidad, tuvieron que coger el coche. Porque Julia quería un abeto tan grande que casi tocara al techo, y sus padres pensaron que un árbol así pesaría demasiado como para llevarlo a pie hasta casa. Aunque aquello no era lo peor… Si el abeto era muy grande, ¡no cabría en el salón!

Cuando llegaron a la Feria de Navidad, Julia vio abetos por todas partes. Los había de todos los tamaños: grandes, medianos y pequeños. ¡Había tantos y tantos abetos que Julia no sabía cuál elegir!

-¡A mííí! ¡Escógeme a mííí! –gritó alguien.

A Julia le pareció que la voz salía de un abeto. Pero no podía ser, ¿verdad? Los árboles no hablan.

-¡A mííí! ¡Escógeme a mííí!

Aquella vez Julia estaba convencida: ¡era un abeto quien había hablado! Además, movía las ramitas con energía para llamar su atención. Era el abeto más pequeño de todos y casi no se le veía entre los demás. Y no sólo hablaba y se movía, sino que también tenía unos ojitos que miraban fijamente a Julia.

-¿Por qué tendría que escogerte a ti? Eres más pequeño que los otros –dijo Julia.

-¡Si lo adornas bien, un abeto pequeño puede ser tan bonito como uno grande! Escógeme a mí y te explicaré un montón de historias sobre la Navidad –propuso el Abeto.

-¿Y cómo sé que no me estás engañando? –preguntó Julia.

-Puedo explicarte una historia ahora mismo –sugirió el Abeto.

Y empezó a explicar esta historia. Hace mucho tiempo, había un monje británico que quería enseñar la palabra de Dios a un grupo de sacerdotes paganos. Los sacerdotes pensaban que el roble era un árbol sagrado, pero el monje quería demostrales que aquello no era verdad. Para que vieran que el roble no era indestructible, taló uno del bosque. El roble cayó al suelo y aplastó todo lo que encontró en su caída. Sólo quedó intacto un pequeño abeto. Así, el abeto se convirtió en el árbol del Niño Jesús.

-¿Te ha gustado? –preguntó el Abeto cuando terminó su historia.

-¡Sí, me ha gustado mucho! Si me explicas otra historia todavía más bonita, te escogeré a ti –dijo Julia.

Entonces el Abeto explicó esta otra historia. La noche que nació el Niño Jesús, todos los árboles se reunieron en Belén para ver al Niño. Los árboles más grandes y frondosos se pusieron delante, y detrás de todo quedó un abeto muy pequeño. El abeto lloraba porque no podía ver nada, y de tanto que lloró cayó una lluvia de estellas. Cuando el Niño Jesús vio la lluvia de estrellas, sonrió. Desde aquella noche, el abeto es el símbolo de la prosperidad en un nacimiento.

-¡Esa historia es todavía más bonita! De acuerdo, te escojo a ti –anunció Julia.

Cuando Julia llamó a sus padres y les enseñó qué abeto quería llevarse a casa, a ellos les extrañó que fuera tan pequeño.

-¿No decías que querías un árbol tan alto que casi tocase al techo? –le preguntaron.

-Si lo adornas bien, un abeto pequeño puede ser tan bonito como uno grande –contestó Julia.

Los padres de Julia le dieron la razón. Además, aquel abeto seguro que cabría en el salón.


Foto: paul itkin en Unsplash