Ésta es la historia de un niño que pretendía domar el viento. «¿Estás loco?», le decían en el pueblo, «nadie puede domar el viento». El niño no les hacía caso: quería que el viento silbara una melodía compuesta por él y estaba decidido a enseñársela. Así que, cada día, el aprendiz de domador se plantaba ante el viento y silbaba su melodía una y otra vez, a ver si así conseguía que éste se la aprendiera de memoria. Claro que el viento, que era un espíritu libre, no atendía a las lecciones del niño; en vez de eso, hacía travesuras con él. Le enredaba el pelo, agitaba el polvo a su alrededor, le hacía cosquillas en la nariz… «Déjalo estar», le decían en el pueblo, «nadie puede domar el viento». Pero el niño no se daba por vencido. Seguía silbando su melodía al viento una y otra vez. Hasta que un día, por fin, el viento se la aprendió y la repitió. Nadie en el pueblo volvió a cuestionar las dotes del niño como domador.

Este minicuento está basado en hechos reales: la historia de William Kamkwmamba, un adolescente de Malawi que construyó un molino de viento con la única ayuda de un libro de texto y materiales reciclados. Para cualquier chico del «Primer Mundo» no habría sido más que un simple juego; para William fue toda una hazaña que permitió a su pueblo acceder a la electricidad. Y lo primero que hizo el chico al conseguir electricidad fue dar vida a una pequeña radio que emitía canciones tradicionales.

Podéis conocer la historia completa a través del documental Moving Windmills. Atención sobre todo a las imágenes del vídeo con las reacciones de William en su primer viaje a Nueva York. Realmente preciosas. Lo mismo que la escena en la que visita un campo de molinos de viento de última tecnología y comparte vivencias con un experto en el tema.


Foto:  Erik (HASH) Hersman en Flickr