Otro cuento encontrado en mi baúl de los recuerdos:

 

Hombre de palabra

Dicen que murió de risa. La encontraron sentada en su mecedora, ataviada con la bata de boatiné y las pantuflas acolchadas. La muerte le pilló en plena carcajada. Lo que sorprendió a sus allegados –sobrinos lejanos y amigas del club de jubilados– no fue que una mujer tan sana muriera de repente, sino que lo hiciese riendo. Porque nadie la había visto reír en décadas.

Todos acordaron que la mató la falta de costumbre: su corazón se sobresaltó ante una sensación olvidada y no lo superó. Pero nadie imaginaba qué podía haberle provocado la risa.

Sólo yo lo sé. Fui yo. Sin querer.

Me presenté en su casa por sorpresa cincuenta años después de nuestra última cita. En aquella ocasión le pedí que se casara conmigo: ella dijo no, pero me hizo prometer que se lo propondría de nuevo si algún día reunía una buena fortuna. Yo siempre he sido hombre de palabra, y aunque mi pensión da para pocos caprichos (a duras penas pude comprarle un ramo de rosas) pensé que no estaría de más volver a intentarlo. Que me reconociera tan rápido me animó a plantearle el tema sin rodeos; cuando se echó a reír comprendí que llevaba medio siglo siendo estúpido.

Juro que cuando salí de allí ella aún vivía: sus risas se oían desde la calle. Si llegan a investigar el caso, espero que a nadie se le ocurra mirar en el container que hay ante su casa. Quizás las rosas que tiré allí lleven mis huellas.


Foto: Engin_Akyurt en Pixabay