Si este post fuera un cuento de Miranda July, empezaría diciendo: «No soy de esa clase de personas a las que les interesa la familia real inglesa». No me interesa en absoluto. Pero hace unos días llamó mi atención una noticia sobre el encuentro entre el príncipe William y una anciana a la que sus 109 años liberan de cualquier tipo de protocolo. William visitó por sorpresa la residencia de ancianos en la que vive Catherine Masters, y la centenaria dama aprovechó para ofrecerle un consejo totalmente gratuito para su abuela. Al parecer, la reina suele enviar una felicitación de cumpleaños a todos los británicos que superan los 100 años. Después de recibir nueve de esas felicitaciones, la señora Masters decidió que era el momento de pedir explicaciones a la reina por aparecer en la foto siempre con el mismo vestido. Y eso es lo que hizo cuando tuvo a William a su alcance. Otras versiones de la noticia aseguran que la anciana había enviado una carta de queja a la casa real, y que el príncipe acudió por sorpresa a la residencia para disculparse en nombre de su abuela.

Sé que no es más que una simple anécdota; fueron las coincidencias las que me hicieron prestarle antención. Porque me recordó a la abuela de un amigo, que solía presumir ante su familia (y así lo creía realmente) de tomar el té con la reina de Inglaterra. Y, sobre todo, porque me hizo pensar en un curioso cuento que acababa de leer: Majestad, de Miranda July. La protagonista de ese cuento se obsesiona con el príncipe William después de soñar con él. A ese relato pertenece la primera frase de este post… La historia forma parte de Nadie es más de aquí que tú, una colección de cuentos muy recomendable.

Descubrí a Miranda July hace poco más de un mes, al leer un interesante artículo sobre ella en un periódico. Me gustó cómo la describía el periodista y me gustó la naturalidad con la que July respondía a sus preguntas. Me atrajo su faceta múltiple de escritora, directora de cine y artista plástica. Aunque lo que me acabó de decidir a leer sus cuentos fue entrar en la web que los promociona. En ella, July plantea un original juego para animar a los usuarios a adquirir su libro, en el que intervienen el techo de su nevera, un rotulador negro, los fogones de su cocina y grandes dosis de creatividad e ironía. Pensé que si sus cuentos seguían esa línea valía la pena leerlos. No me equivoqué.

Los relatos de Nadie es más de aquí que tú son, podríamos decirlo así, personales e instransferibles. Tienen una voz propia fácilmente reconocible, tanto en la forma de contarlo (son ágiles, directos, con algunas concesiones gramaticales de cosecha personal como diálogos sin guiones iniciales) como en lo que cuenta. Sus historias son sinceras. De acuerdo que algunas de las situaciones que explica son bastante extrañas y pueden parecer poco creíbles, pero aun así resultan honestas por lo real de los sentimientos que transmiten. Miranda July habla de la tristeza, la incomprensión, la soledad, el amor o el sexo con total naturalidad, sin tapujos. Golpea con cierta crudeza donde más duele, inquieta. Cuando introduce el humor o la ironía, sus historias dejan un regusto agridulce en la boca del lector. Pero sus cuentos seducen por la honestidad con la que escribe. Y por lo bien que escribe.

¿Os apetece enfrentaros a un baño de realidad? Pues leed los cuentos de Miranda July. Y preparaos para algo bueno.


Foto: Allan Henderson en Flickr