Si hace unas semanas me hubieran dicho que la charla entre un escritor japonés y una directora de cine independiente catalana podía generar tanta expectación como un concierto de, pongamos, David Bisbal, habría jurado que exageraban. De acuerdo, sí, tal vez la comparación sea algo exagerada… Pero no hay como ver para creer. Porque lo cierto es que el encuentro entre Haruki Murakami e Isabel Coixet que tuvo lugar hace unos días en la Biblioteca Jaume Fuster de Barcelona fue un auténtico éxito de convocatoria. Ante la biblioteca se formó una cola infinita de gente dispuesta a ver y escuchar al japonés, aunque eso supusiera pasarse más de tres horas a la intemperie, con riesgo de pillar un soberano resfriado, para acceder al recinto. El autor, por lo que he leído después, no es muy dado a las apariciones en público, así que la espera valía la pena. Con todo, muchos seguidores de Murakami se quedaron con las ganas de compartir un rato con él porque la biblioteca no tenía aforo suficiente como para acogerlos a todos. Para que luego digan que en estas tierras no se lee. Será que los pocos que lo hacen llevan su pasión hasta el límite.

Sinceramente, no soy seguidora acérrima de Murakami. Como mínimo no lo era el día de la charla. Había leído algunos de sus cuentos y había podido disfrutar de su destreza para crear ambientes y sensaciones, pero nada más. Mis amigas sí que conocían sus novelas desde hacía tiempo. Yo tuve la suerte de poder asistir al encuentro porque ellas, cual fans entregadas, fueron de las primeras en ponerse a hacer cola a la intemperie. Me uní a ellas más tarde, con tiempo suficiente para conseguir una de las papeletas verdes que los organizadores repartieron a media espera, a modo de rifa verbenera, y sin la cual no podías entrar a la biblioteca aunque te hubieran guardado sitio en la cola.

La cita con Murakami comenzó sin Murakami. El japonés quiso esperar fuera de la sala de actos hasta que acabaran de presentarle porque no le gusta que elogien su obra delante de él. Ni elogios, ni fotos, ni grabaciones, rogaron al público. Manías de chico tímido. Lo que más me gustó del encuentro fue la sinceridad de ambos participantes. Coixet tanto hacía preguntas como expresaba su opinión, demostraba conocer bien la obra de Murakami y se interesaba en saber más detalles sobre su proceso creativo. Cuando le preguntaron qué novela del japonés preferiría adaptar al cine, ella dijo que lo respetaba tanto que no se atrevería a dirigir ninguna.

En cuanto a Murakami, su sinceridad le hizo mostrarse tal cual parece ser. O al menos eso interpreté yo. Un tipo sencillo, que escribe por pura vocación y al que toda la parafernalia que comporta la promoción de sus libros le debe de incomodar más que halagar. ¿Un escritor sin ego de escritor? Más de uno quedó desconcertado cuando oyó confesar al japonés que no recordaba de qué iban sus novelas o cuando le vio sorprenderse al escuchar la interpretación de Coixet de uno de sus cuentos para decir luego que, si ella lo veía así, pues así estaba bien. El súmmum llegó cuando alguien del público le lanzó una pregunta algo resabida sobre la falta de referencias artísticas en sus novelas y Murakami replicó que la pregunta era muy buena pero que, lamentablemente, no tenía respuesta para ella.

Mis amigas, que esperaban revelaciones algo más intelectuales por parte del escritor, salieron del encuentro un tanto defraudadas. No ha explicado nada especialmente interesante, dijeron. A mí, en cambio, me encantó la charla. Quizás el hecho de no ser fan de Murakami no me había llevado a crearme demasiadas expectativas sobre lo que quería oír de él…

Ahí va mi reflexión: ¿por qué damos por hecho que un buen escritor debe tener algo interesante que decir también en persona? Puede que todo lo que guardaba de interés en su interior lo haya escrito ya en sus novelas… Me dio la sensación de que Murakami escribe por el placer de satisfacer su propio gusanillo creativo. Escribe para sí mismo. Y si lo que escribe gusta a los demás, pues miel sobre hojuelas. Pero agradar a los demás no parece ser su objetivo principal; por eso no se siente obligado a dar explicaciones sobre su obra, por eso se siente incómodo si le elogian, por eso acepta con gusto las interpretaciones que otros hacen de sus escritos. Al fin y al cabo, ¿no se trataría de eso? El autor escribe bajo su punto de vista, pero el lector puede darle otra interpretación, igualmente válida, a lo que ha leído…

Aquel día yo también me hice fan de Murakami. Si hasta entonces apreciaba su forma de escribir, ahora que intuyo que es un auténtico escritor por vocación lo leo con más interés. Además (y he aquí una de las pocas revelaciones que hizo durante la charla), es un seguidor empedernido de Lost. ¿Qué más se le puede pedir?


Foto: Natasia Causse en Flickr