Inevitable en esta época del año: todos hablan del síndrome postvacacional. Parece que volver al trabajo deprime, y sus efectos no son nada secundarios sino trastornos de primer orden. Tristeza, insomnio, fatiga, dolores musculares, irritabilidad…

¿Tanto hemos disfrutado en vacaciones que ahora no sabemos vivir sin ellas? Venga ya, seamos sinceros. Seguro que el verano no ha sido tan bueno como queremos recordar, y reconocerlo puede ayudarnos a hacer más llevadera la vuelta al curro. Hagamos la prueba: ¿quién no ha encontrado alguna de estas desventajas a las vacaciones?

1. La más tópica, que son muy cortas. Se supone que deben servir para recargar pilas y desconectar de la rutina laboral. Pero, ¿cómo conseguirlo, si necesitamos la primera semana para olvidar el trabajo y la última la pasamos angustiados porque toca volver a trabajar? Por mucho que dejemos de ir a la oficina, los recuerdos del curro siguen dando vueltas en nuestra cabeza. Así que recapitulemos: imprescindible una semana de desintoxicación, otra semana de mentalización… ¿Qué queda de vacaciones reales?

2. Si lo que queremos es relajarnos, ¿por qué nos buscamos un viaje organizado al lugar más remoto posible? Aguantamos estoicamente colas para subir al avión, madrugones, olas de calor, visitas a golpe de pito, indigestiones… Y lo que es peor, lo hacemos todo igual que el resto de turistas: compramos las mismas postales, hacemos las fotos a los mismos monumentos o regateamos con los mismos lugareños para comprar el mismo recuerdo. Al final, acabamos las vacaciones más estresados que cuando las comenzamos y con la sensación de no haberlas disfrutado. Aunque siempre nos quedarán las miles de fotos que hemos hecho, que nos servirán para descubrir, a posteriori, dónde hemos estado.

3. La opción de pasar unos días en el pueblo no es que sea mucho mejor. Más barata sí, pero igual de cara en cuanto a desgaste emocional. Nos obliga, de entrada, a perder dos días: el primero, porque retrasamos nuestro viaje para evitar la operación salida; el segundo, porque coincidimos en la carretera con los millones de coches que han querido evitar, como nosotros, la operación salida. Al llegar al pueblo, toca enfrentarse a la familia. Como no nos ven desde el verano pasado, se creen en la obligación moral de hacernos notar que hemos engordado o envejecido y se empeñan en explicarnos la vida de todos y cada uno de nuestros parientes…

4. Si la crisis nos fuerza a quedarnos en casa por falta de presupuesto, nos hacemos el propósito de aprovechar el verano en la ciudad para realizar actividades que no podemos hacer durante el resto del año. Aunque eso dura poco y acabamos haciendo lo mismo que siempre, pero en chanclas y camiseta de tirantes. Lo malo es que, al no ir a trabajar, tenemos muchas horas libres… Al principio hace ilusión dormir hasta tarde, bajar a hacer el aperitivo al bar de la esquina o salir a dar una vuelta cuando anochece. Pero todo eso acaba aburriendo también. Y la tele no es que ayude demasiado: películas repetidas hasta la saciedad, las aventuras en Ibiza del famoso de turno o Phelps acaparando medalla tras medalla.

5. Murphy (el de las leyes gafes) no cierra por vacaciones. Así que, si algo tenía que ir mal, va mal. Si nuestra intención es dormir, cada noche nos regalan una bonita sesión de obras en la vía pública o un botellón bajo el balcón. Si vamos a la playa, nos atacan las medusas o nos convierten en gambas los rayos de sol. Si viajamos a un pueblo recóndito, sufrimos el mono que provoca estar sin cobertura en el móvil o sin acceso a Internet. Si queremos apalancarnos en el sofá a ver cómo Phelps se lleva el oro, se nos estropea la tele; y a ver quién encuentra un técnico en pleno mes de agosto.

6. Volver al curro tras las vacaciones es volver a la cruda realidad. Nos damos cuenta de que nadie ha estado ahí haciendo nuestro trabajo mientras nos tumbábamos a la bartola, con lo que tenemos sobre la mesa las tareas acumuladas de un mes. Por no hablar de la ristra infinita de e-mails que nos espera… No sabemos por dónde empezar y nos arrepentimos de no haberlo dejado todo planificado antes de marchar, en vez de pasar los días previos a las vacaciones pensando (qué ilusos éramos entonces) en lo bien que lo íbamos a pasar.

¿Alguien se ha sentido identificado con alguno de estos puntos? Pues tiene suerte, porque si llega a la conclusión de que las vacaciones están mitificadas no le resultará tan duro volver al curro.

Claro que, si la terapia del autoengaño no sirve, aún queda otra solución: la terapia del consuelo. Pensar que las próximas vacaciones están prácticamente a la vuelta de la esquina y que nunca es pronto para empezar a planificarlas… ¡Ánimo a todos! ;-)


Foto: Vic en Flickr