A Antoine empezaba a cansarle aquel despropósito. Al principio le pareció original que el protagonista de su historia le hablara desde una página a medio escribir. Cuando el niño de rizos dorados saltó del papel a su escritorio, no se enfadó. Le gustó que tuviera personalidad: sabía que el cuento funcionaría mejor así.

Como padre benevolente, le concedió algunos caprichos. ¿Qué había de malo en malcriarle un poco? Permitirle salir del texto más tiempo de lo recomendable, cantarle nanas, revelarle cómo acabaría su cuento… «¡Lléveme volando a París, monsieur Saint-Exupéry!», le pidió un día. Antoine accedió.

Más tarde, el niño quiso hacer cambios en su historia. No le apetecía ser un huérfano que estudia en una escuela de magia; prefería vivir en su propio planeta, junto a una única rosa de belleza exquisita. Antoine tuvo que reescribir el cuento varias veces… Y ahora volvía con más propuestas.

-Si introduzco serpientes y elefantes en la historia, ¿dejarás de pedirme cambios? –negoció Antoine.

El niño asintió, satisfecho. Antoine sospechó que no sería lo último que le pediría, pero no protestó. Pese a sus caprichos de príncipe en miniatura, aquel crío le había robado el corazón.


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