Soy de las que defienden aquello de vive y deja vivir. El mundo funcionaría mejor si todos siguiéramos esa premisa, ¿no creéis? Sí, lo sé, de ilusión también se vive… Por eso, porque esa premisa no es que esté precisamente al orden del día, es necesario que existan normas para evitar que unos vivan mejor a costa de no dejar vivir a otros.

Esas normas suelen estar regidas por el sentido común… casi siempre. Aunque de vez en cuando nos topamos con alguna ley en la que la lógica parece haber sido sustituida por el surrealismo más absurdo.

Hace ya unos meses leí un artículo que he recuperado para la ocasión. Explica que Florida es uno de los estados que cuenta con más leyes surrealistas en los EE.UU.: desde prohibir que las solteras, viudas o divorciadas se tiren en paracaídas los domingos a multar a cualquiera que ate un elefante a un parquímetro sin sacar el ticket correspondiente. El artículo incluye un link a una web que recopila leyes absurdas norteamericanas. Si no queréis tener problemas con las autoridades de turno, ni se os ocurra, por ejemplo, cruzar los límites del estado de Minnesota con un pato en la cabeza, sorber la sopa en New Jersey o fingir que tenéis padres ricos en Washington. Lo mejor de estas leyes no es lo que te hacen reír, sino imaginar el contexto en el que debían de estar sus creadores para llegar a establecer normas tan curiosas.

Que conste que las leyes absurdas no son exclusividad de los estadounidenses. Dicen que en Francia es ilegal llamar Napoleón a un cerdo, y que los taxis londinenses tienen prohibido transportar cadáveres o perros rabiosos. En Japón se ha aprobado recientemente una normativa para combatir el sobrepeso regulando los centímetros que deben medir las cinturas de sus ciudadanos. Y hace cosa de un mes descubrimos la ley de noticias felices en Rumanía, que obligaba a ofrecer el mismo porcentaje de noticias buenas y malas en los medios de comunicación rumanos.

Claro que, en algunos casos, lo de prohibir tiene su jusificación. Lo digo por esa norma que no deja que los padres pongan a sus hijos cualquier nombre que se les antoje, para evitar así ofensas o humillaciones. Eternamente agradecida debe de estar la niña a la que sus progenitores tuvieron la ocurrencia de llamar Talula hace el Hula de Hawai.

Ya lo dice una amiga mía: «Habemos gente pa’ tó»…


Foto: Andreas Selter en Unsplash